viernes, 5 de febrero de 2010

Bienestar animal. Buenas prácticas en la manga

Las buenas prácticas ganaderas tendientes a asegurar el bienestar animal, implican una mejor calidad de vida para la hacienda, cuidan el negocio ganadero y en poco tiempo será un requisito indispensable para acceder a cualquier mercado. Tarde o temprano habrá que cumplir con esa normativa, el propio mercado lo impondrá.

En estos términos, cabe preguntarse: ¿cuál es el costo de aumentar la eficiencia del rodeo respetando el bienestar animal?. La respuesta es cero. Solo se requiere decisión y perseverancia. Conviene comenzar cuanto antes.
Desde luego, cada uno de los eslabones de la cadena de agregación de valor- criadores – invernadores – consignatarios – transportistas – frigoríficos – mercado interno y externo, tiene que asumir su responsabilidad en este tema.
Acceder a los mercados que mejor pagan, implica la implementación de cierta normativa legal y la observación de prácticas con los que se debe manejar a los animales durante todo el proceso de producción y comercialización. Estas prácticas se vuelven ventajas competitivas para nuestra ganadería.
Una vez que nos hayamos convencido de la conveniencia de respetar el bienestar animal, deberemos comenzar por erradicar los malos hábitos practicados por el personal y tolerados por la administración. Así se lograrán animales más dóciles, con menos estrés y por ende más fáciles de manejar. Las consecuencias del mal trato por lo general no se ven, las tapa el cuero, pero atentan contra los resultados de la empresa.
Las instalaciones:
Es imprescindible generar un ámbito laboral adecuado, por lo que el mantenimiento de las instalaciones debe ser una tarea rutinaria. Verificar que no haya salientes punzantes, tablas rotas, alambres o tornillos que puedan producir lesiones, no solo al personal, sino también a los animales.
Es importante no olvidarse de la limpieza de los pisos y cuidar que el agua en los corrales se escurra, para evitar la formación de barro.
Puntos críticos:
Analicemos algunas cuestiones que se deberían modificar a la brevedad, como por ejemplo el uso de la jeringa, a la que habrá que someter a un mantenimiento exhaustivo. Muchas veces, por su mal funcionamiento, estamos sobre o subdosificando o generando reacciones adversas en los animales, lo cual lleva a ser menos eficientes en la calidad del trabajo sanitario, con el consiguiente perjuicio económico.
Las agujas:
Tienen bajo costo y una vida útil limitada. Al igual que las jeringas, después de cada uso hay que limpiarlas y hervirlas, ya que por falta de higiene son una de las causas de la producción de abscesos. Cuando por cualquier razón la punta de la aguja se dobla, es habitual ver en las mangas como el personal procede a enderezarla, apoyando el extremo contra un poste o tabla, para después seguir tranquilamente con su trabajo. Esta aguja así “reciclada”, es un elemento traumático para los tejidos y abre la puerta a infecciones. El extremo biselado de la aguja se desafila con el uso, por lo que si no se reemplaza periódicamente, cuando se la clava, la misma actúa como un sacabocados, introduciendo un pequeño taco de piel en los tejidos, lo cual también es una manera de generar la formación de abscesos.
Punto de inoculación:
Cuando colocamos un zooterápico en el organismo de los animales, utilizamos mayormente como vía de entrada al tejido subcutáneo o muscular. Lo que introducimos se comporta como un cuerpo extraño, produciendo un proceso inflamatorio que modifica la estructura de los tejidos, por lo que debemos buscar siempre aquellos lugares donde se encuentren los músculos de menor valor comercial, como la tabla del cuello, de modo de no alterar la potencialidad de aquellos de mayor calidad y precio.
También es importante tener presente que la vacunación es un acto quirúrgico, que requiere no solo de los cuidados ya citados, sino que demandan responsabilidad. Durante el trabajo no se deben correr carreras, para demostrar quién es más rápido a la hora de vacunar, ni mucho menos trabajar con el cepo abierto.
Si usamos instrumental en malas condiciones o recurrimos a estos malos hábitos, somos nosotros mismos quienes estamos atentando contra el bienestar de nuestros animales y la salud de nuestro bolsillo.
Ataque físico:
La picana no debe utilizarse nunca, excepto en situaciones puntuales y a la altura de los garrones. Su uso indiscriminado induce a conductas no deseadas: producto del dolor y del miedo se generan animales intranquilos y difíciles de manejar. Peor aún si se la emplea desde edad temprana. Las lesiones que se producen a nivel muscular en animales terminados, listos para faena, provocan decomisos como consecuencia de las hemorragias y la inaptitud de la carne para su posterior procesamiento. A diario la intervención de la picana daña lomos y cuartos traseros, por lo que es inconcebible e inaceptable que se tolere su utilización en los establecimientos, transporte y locales de remate feria, especialmente en aquella hacienda que va a faena.
El uso de los perros:
Solo se recomienda la presencia de los perros en las instalaciones si están entrenados. El perro es una amenaza para la hacienda, la atemoriza y le provoca estrés, lo cual complica el trabajo.
Desterrar la yerra:
Digamosle adiós a esta práctica folklórica. Las pialadas, corridas y paleteadas; gritos y maltrato de toda índole tienen que dejarse de lado. Se debe trabajar en silencio, utilizando la tecnología disponible, como las mangas portátiles para terneros, que no producen estrés ni dolor durante las prácticas usuales. Recordemos que las experiencias traumáticas provocan un recuerdo duradero de hasta 3 años y que por cada 20 a 30 minutos de trabajo estresante se genera un 0,5% de desbaste en los animales, además de producirse carne de baja calidad.
Esta tecnología de procesos está a nuestro alcance y no tiene costos; solo es cuestión de adoptarla. Lleva tiempo, pero el esfuerzo bien lo vale.

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